La jaula de oro

La niña quiere mucho a su pajarito. Un ruiseñor silvestre que su padre le regaló por su aniversario. No es un pájaro demasiado colorido. En realidad, es de un gris anodino, bastante vulgar. Pero su padre le había dicho que éstos eran los mejores, los que tenían un canto más sublime. La niña no lo había oído cantar nunca, pero estaba enamorada de sus profundos ojos oscuros, y su imaginación divagaba sobre príncipes encantados en cuerpo de animal y brujas malvadas que lanzaban hechizos diabólicos.

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Condenados a aprender

Las leyes de nuestra sociedad establecen la escolarización obligatoria de todos los niños y niñas entre los 6 y los 16 años. Esta obligación se establece sobre la base de las innegables ventajas que una buena educación proporciona a las personas. Por este motivo, las administraciones son especialmente celosas en el cumplimiento de esta norma. Niños y niñas deben asistir sí o sí a estos establecimientos escolares, con independencia de sus circunstancias personales y de sus deseos y preferencias.

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El tío Mañas

Cuenta mi padre que en una ocasión, cuando aún no había cumplido los diez años, su padre, que vendría a ser mi abuelo, lo mandó al pueblo con dos mulos cargados de carbón.

Mi padre, por aquel entonces un mocoso de nueve años de edad, pero con el tamaño de un niño de seis, al verse al lado de las enormes bestias, con tres sucios sacos de negro carbón cada una sobre su lomo, no pudo evitar sentirse algo turbado.

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El hijo del mundo

Martín se levanta temprano. Se viste y baja a la cocina, donde su padre le sirve un vaso de zumo. Martín dice que le apetecen croissants, con lo que, con decisión, se dirige a la puerta de la vivienda y sale al exterior. Sus padres le oyen bajar las escaleras corriendo, con la vitalidad de sus siete años recién cumplidos. Se miran con complicidad, y se dirigen corriendo a la ventana de la habitación más septentrional de la vivienda, desde la que pueden ver la calle y también el portal del edificio. Sonriendo, observan a Martín alcanzar la acera y lanzarse sin mirar a la calzada por la que circula el intenso tráfico urbano. Continua la lectura de El hijo del mundo

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